Retrato de familia con Tomás
Cierto día de 1984 Tomás Eloy Martínez, que un año antes se había mudado a Washington a escribir La novela de Perón, me llamó por teléfono. Se había enterado que mi último año en la universidad había sido traumático y me ofrecía una beca para estudiar en la Universidad de Maryland (Departamento de español y portugués) literatura hispanoamericana.
Disculpe el lector por introducir aquí una pequeña anécdota personal. Después de estudiar cinco años Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela, cuatro estudiantes publicamos un periódico que se transformó en un balance de nuestra pasantía por la UCV. Fue un acto irresponsable y desesperado, que nos enseñó muchas cosas sobre la tolerancia y el periodismo.
Fuimos torpes, sobre todo porque dimos la cara, cuando otras experiencias similares habían sido anónimas. Nuestros nombres refrendaban opiniones salvajes, ácidas, subidas de tono, sobre hechos que en la escuela se conocían aunque no todo el mundo las ventilaba en público.
Llamamos la atención sobre la piratería y prácticas poco ortodoxas de ciertos profesores que daban clases en la escuela, sin ningún prurito, amparados por ese maravilloso airbag que es el mundo académico, libre de accidentes y contratiempos, donde todos se protegen.
La administración de la escuela no abrió un debate sobre la calidad de su cuerpo docente, ni sobre lo que en verdad aprendían o no los estudiantes. Como suele ocurrir en las casas de estudios donde nadie estornuda (para no mancharse ni ser manchado), las autoridades comunicaron una decisión que exhibía su mal humor: nos hicieron repetir el último año. Sin anestesia. Y con una amenaza de posible expulsión.
Hubo un corolario que nunca olvidaré. Fue una suerte de metáfora. El periódico El Mundo (vespertino en aquel entonces) publicó una nota breve, dando cuenta del incidente, quizás la única referencia que apareció en los medios sobre aquel funesto caso: “Tres extranjeros y un argentino a punto de ser expulsados de la UCV’’. Esa era la reflexión mayor que hubo sobre lo que había ocurrido.
La llamada de Tomás Eloy Martínez sonó como la música del azar para mis oídos, sobre todo porque hacía tiempo que buscaba una oportunidad para realizar estudios de postgrado que me ayudaran a completar mi formación fuera de Venezuela. Y este incidente aceleró mi deseo de tomar distancia de una realidad que me había devuelto una mueca amarga.
Tulane Drive
La primera vez que vi la pequeña calle Tulane sentí una inusitada desventura. Casi siempre me pasa lo mismo cuando me aventuro en algún suburbio perdido de Estados Unidos. O sea: en una urbanización en el medio de la nada, casi siempre con excelentes servicios públicos y campus universitarios que no parecen reales. Un lugar donde reina el aburrimiento y uno puede estudiar sin distracciones todo lo que sea necesario.
Tulane Drive se llamaba el pasaje donde viviría los próximos dos años. Recuerdo que era una vía corta con una leve pendiente. Allí se extendían dos columnas de edificios, donde habían sido ubicadas las residencias para estudiantes graduados. Los edificios tenían tres pisos y los apartamentos eran cómodos, amplios y acogedores. Muy cerca, un bosque y un lago ofrecían un espacio único para caminar y pensar.
Llegué allí casi al mismo tiempo que se mudaron Tomás Eloy Martínez y Susana Rotker. Vivíamos en edificios enfrentados, con la calle de por medio. Ya Tomás había completado el año de trabajo en el Woodrow Wilson Center (1983/1984), donde escribía en una de las torres más antiguas del edificio. Había sido fellow del departamento de América Latina.
Ese primer año se residenciaron en un edificio muy bello de la avenida Connecticut, en la ciudad de Washington, muy cerca del zoológico. El alquiler era caro y necesitaban paz para escribir y estudiar. El suburbio en Maryland era perfecto para olvidarse del mundo.
En Washington Tomás había heredado la misma oficina en el Wilson Center donde Mario Vargas Llosa había escrito La guerra del fin del mundo. Allí estaba la máquina de escribir con un rodillo de papel especial que le habían fabricado, para no tener que interrumpir la escritura frenética sobre los sertones cambiando cuartillas.
En 1984 Tomás Eloy Martínez se integró formalmente al staff de profesores del Departamento de español y portugués de la Universidad de Maryland. Ofrecía un curso sobre El relato fantástico y otro sobre el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento.
Cuando no estaba en clase con sus alumnos de postgrado, escribía en el estudio de su apartamento de Tulane Drive. Acababa de aceptar un reto creativo y exigente: publicar La novela de Perón como un folletín, en la revista semanal El periodista de Buenos Aires, publicación que celebraba la vuelta a la democracia de un país que había pasado siete largos años en la oscuridad de una dictadura militar. Su tamaño era tabloide y provocaba leerla.
Para Tomás Eloy Martínez publicar ese folletín era una aventura que lo acercaba a la felicidad. En esta revista escribían la mayoría de sus amigos que habían vivido el exilio en Europa, Estados Unidos, México, Venezuela y Colombia. Y el género de la publicación por entregas desvelaba todos sus instintos creativos.
Había un problema. La novela se encontraba avanzada, pero no estaba lista y lo que más temía el autor era que la autopista de lo que comenzaba a publicarse en el sur no se encontrara con la otra, la que estaba en proceso de creación en el norte. Eran días intensos, en los que flotaban los fantasmas de un escritor que creía fehacientemente en la mala suerte y en los golpes de azar, como enemigos fatales y aliados irreductibles.
Dueño del vecindario
Tomás Eloy Martínez podía encontrarse sumido en la vida de los protagonistas de La novela de Perón y en los trabajos teóricos de sus estudiantes, pero necesitaba distraerse. Lo hacía atendiendo las rutinas mínimas de sus vecinos que ocurrían frente a su casa.
Conocía perfectamente a qué hora de la tarde la comunidad de estudiantes chinos sacaban la basura. Y también a qué hora de la madrugada la comunidad de latinos buscaban en los trastos viejos de los estudiantes que se mudaban de universidad o de trabajo, tras la pista de una silla o un escritorio para ahorrar unos dólares.
Así fue el primero en advertir uno de los sucesos que sobresaltaron a los vecinos de Tulane Drive, gente toda muy apacible que no se alarmaba por nada, porque en verdad ocurría muy poco fuera de la rutina de los estudios.
Un tarde comenzaron a llegar patrullas de la policía del condado, primero, y luego vehículos con agentes federales. Rodearon un container de basura verde como si hubieran descubierto un arma nuclear. Un estudiante de corea del sur pensó que habían asesinado a una estudiante y salió con su cámara de fotos.
Un cartero había botado a la basura la correspondencia. Un acto criminal grave en Estados Unidos, porque entre otras cosas los ciudadanos pagan sus impuestos por correo. Y ese trabajador había cometido un crimen federal que lo conduciría a la cárcel.
Tomás Eloy Martínez estuvo pendiente de todos los movimientos de los policías: hasta de los guantes que utilizaron para clasificar los sobres que encontraron entre brotes de lechuga y cáscaras de mandarinas. Elaboró una teoría sobre quién habría advertido en el vecindario el traspiés del cartero que pasaría años entre rejas.
Sus teorías eran disparatadas, pero uno terminaba por creer que estaba diciendo la verdad y que había hablado con algún oficial que le había contado una verdad que conocían pocos.
Aves de mal agüero
Tomás Eloy Martínez tenía una rutina para escribir que solía respetar religiosamente. Muy temprano en la mañana preparaba un termo con café, y se sentaba frente a la máquina de escribir. Tenía un estudio acogedor, repleto de libros y periódicos, en los que había investigado por años.
La máquina de escribir estaba ubicada en el centro de una mesa, frente a un ventanal grande y luminoso, desde donde se observaba un parquecito infantil y una calle. Podía escribir seis u ocho horas seguidas, sin parar, con un plan de trabajo fijo.
Después descansaba. Y si todavía la tenacidad lo acompañaba, comenzaba a corregir. O dejaba esa tarea para el día siguiente. Respetar esas horas de trabajo era un asunto muy serio, sobre todo porque el reloj del folletín lo perseguía como un animal desbocado.
Había en el Departamento de español y portugués una estudiante algo desangelada y obsesiva, que estudiaba intensamente. Como vivía sola y le sobraba tiempo, limpiaba su apartamento como una posesa. Se ensañaba con las ventanas. Utilizaba un hisopo de algodón para dejar impecables los bordes de los marcos de metal.
Tomás Eloy Martínez tenía una teoría sobre esta joven: atraía la mala suerte. El avión en el que había viajado la primera vez desde su país natal, tuvo que aterrizar de emergencia en Manaos. Sus notas se habían extraviado en el laberinto burocrático de la administración. En fin, cada paso que daba desataba una tragedia y un desasosiego.
Nada de esto hubiera sido grave, sino fuera porque esta joven comenzó a visitar el parquecito infantil. Si coincidía con las horas de escritura de Tomás Eloy Martínez, todo se derrumbaba como un castillo de naipes. Era algo incontrolable. Sin atender razón o lógica posible, agarraba las cuartillas escritas hasta ese momento y las lanzaba a la basura. Aseguraba que se habían contagiado con la mala suerte de la muchacha y no tenían otro remedio que desecharlas por completo.
Cuando la ficción gobierna
Si todo escritor debe perderse en los abismos de la ficción para poder crear con libertad, Tomás Eloy Martínez encontró en 1984 el espacio ideal en las afueras de la ciudad de Washington para conjurar la vida atribulada del general Perón, no el de la historia, sino el de la intimidad.
Reescribía los capítulos varias veces, cuando sentía que había perdido la orientación; cuando una frase confundía sus sentidos y lo conducía hacia territorios tenebrosos; cuando la alumna del postgrado aparecía en el jardín y le revolvía el estómago porque sabía que había perdido el trabajo de ese día.
Esas demoras no hacían otra cosa que permitir que puliera el idioma, o mejor aún, que encontrara las palabras exactas que quería usar para contar una historia coral sobre el momento en que Argentina se perdió para siempre y dejó de ser lo que era.
Recuerdo perfectamente la tarde en que descubrió, después de numerosas correcciones y vueltas de tuerca sobre un mismo párrafo, la frase con la que dos de sus héroes, Nun y Diana Bronstein, se refieren a Perón. Están desnudos, a punto de abalanzarse el uno sobre el otro. Y se preguntan: “Como habrá sido el Viejo en la cama’’. La celebró en la más estricta intimidad, como si hubiera vencido a un enemigo invisible que intentaba desorientarlo y no permitir que llegara al puerto esperado.
En las mañanas, a primera hora, solía dejar en la puerta de mi apartamento un ejemplar de la edición de El periodista de Buenos Aires, con el capítulo publicado. Y una copia del capítulo que la noche anterior había escrito y que debía corregir vertiginosamente para enviar por correo.
Era una rutina trepidante, maravillosa para cualquier lector que quisiera develar la cocina de un escritor en un proceso enloquecido en el que lamentablemente no podía detenerse nunca. Una rutina que exigía una rápida lectura, unas notas y una conversación apurada para rematar el trabajo y pasar al capítulo siguiente.
Por momentos Tomás Eloy Martínez sentía que no podía leer más, que había revisado todos los documentos, las cartas, las voces de los testigos, las páginas de los diarios, las fotografías y los recuerdos de los familiares. Había oído miles de veces las grabaciones que registró en Madrid, cuando Juan Domingo
Perón aceptó conversar largo con él. Advertía con buen tino que esa hemorragia de información ya no servía de nada.
En la tierra de María, rodeado de estudiantes de todas partes del mundo que se movían con el sigilo de un vietnamita; requerido por innumerables compromisos que le quitaban tiempo por ser un escritor célebre y un periodista de éxito; y aterrorizado por la mala suerte que había encarnado en una pulcrísima y dedicada estudiante de literatura, Tomás Eloy Martínez venció al ejército de las sombras.
Escribió la frase: “Ya nunca más seremos como éramos’’. Y sintió de repente que había logrado lo que el general Perón no pudo hacer en la primera línea de esa novela: entrar en el Polo Sur y atravesar la jauría de mujeres que le impedía el paso.
La vida de Tomás Eloy Martínez cambió de repente. Se sintió más aliviado, como si hubiera exorcizado una pesadilla que lo acompañaba desde 1976, cuando tuvo que huir de Argentina porque los sabuesos del brujo José López Rega le habían puesto precio a su cabeza. No era para menos. Había conjurado la muerte y salió ileso del duelo.