daniel tardivo

Daniel TardivoPodría ser analizado como un problema de mala suerte. O de destino manifiesto. Vaya uno a saber. Lo cierto es que vivimos en un continente político –América Latina- que pareciera encontrarse lejos de la salvación.

Populistas han sembrado el odio como la hierba mala en casi todas las sociedades que se extienden desde Venezuela hasta Tierra del Fuego. Gestos de superioridad moral y prácticas escandalosas, como bien señala el periodista Jorge Fernández Diaz en La Nación, en referencia al gobierno de los Kirchner, están a la orden del día.

Las palabras de Jorge Fernández Díaz se pueden leer cambiando la palabra Kirchner por las del estadista que se desee y se tendrá una radiografía de los que nos ocurre.

“Néstor Kirchner no concibe la política sin una epopeya ni una campaña electoral sin un enemigo. Ese enemigo no puede ser, como en países evolucionados y dentro de sistemas políticos maduros, simplemente la recesión, la crisis, el desempleo u otros temas de fondo. Nada de ‘cuestiones abstractas’: Kirchner necesita crear un enemigo gigantesco y corpóreo para derrotarlo. E incluso, si la suerte le es adversa, que le permita caer de un modo majestuoso, haciendo uso del glamour setentista del fracaso: ‘Perdimos porque éramos los mejores y porque luchábamos contra los malos’. Volveremos, volveremos’’.

En este contexto, que asfixia las esperanzas de millones de ciudadanos, ocurrió recientemente un hecho que parecía destinado a pasar por debajo de la mesa: la muerte del presidente Raúl Alfonsín, el padre del regreso de la democracia a Argentina después de la última dictadura (1976/1983).

Su muerte, provocada por un cáncer de pulmón y ocurrida el 31 de marzo, no pasó desapercibida. Todo lo contrario: fue significativa en un país como Argentina, que por muchos años siempre prefirió la solución de los militares al fastidio de los políticos.

Algo merece ser anotado, aunque pueda ser incipiente, como la punta de un iceberg. Que Raúl Alfonsín haya muerto con honores y respetado por la población, acostumbrada como está a la corrupción más descarada y a infinitos gestos de injusticia, muestra el comienzo de un cambio. No es poca cosa.
Detengámonos por un momento en un ladrillo que sea capaz de hablarnos de un contexto mayor: en un continente donde los políticos no pasan un segundo de sus vidas sin anillos de seguridad prepotentes y abusadores, el último hombre que despidió a Alfonsín fue su guardaespaldas de toda la vida, Daniel Tardivo.

Desde 1983 fue asignado por la División Custodias Especiales para que se convirtiera en la sombra de Raúl Alfonsín. Tenía 23 años y hasta esa fecha había cumplido labores de oficina. De repente este muchacho tímido y callado se convirtió en un agente especial.

Tardivo aprendió todo lo que sabe de Raúl Alfonsín, pero por encima de todo uno de los tesoros más caros que puede ofrecer un político de raza, la humildad y el enorme aprendizaje que se desprende de la derrota.

El guardaespaldas vio cómo Alfonsín perdió la presidencia de Argentina antes de tiempo y cayó en desgracia como político a finales de los ochenta, para luego renacer entre las cenizas de la política argentina en 1991.

Tardivo fue ascendido a comisario, jefe de la unidad de custodios de ex presidentes, embajadores de Estados Unidos e Israel, jueces nacionales y testigos protegidos. Pero siempre visitaba a Raúl Alfonsín, por enfermo que estuviera.

El día en que Alfonsín murió, Tardivo pidió permiso para despedirlo. Le dio un beso en la frente y preparó todo para decirle adiós. Con tres hombres de su equipo, trasladaron el cuerpo de ex presidente en un furgón a la sala de velatorios del barrio de Belgrano.

Esperó que lo prepararan y lo acompaño toda la noche en una sala helada. Luego acompañó el féretro hasta el Congreso, donde se oficiarían los últimos actos de despedida. Tardivo estuvo de guardia setenta horas.

Se ausentó una hora para bañarse y cambiarse de ropa. Acompañó a la familia al Cementerio de la Recoleta y esperó hasta que los empleados cumplieran con sus labores. Cuando ya se había ido todo el mundo, dio de alta a sus agentes y entendió que su trabajo había terminado. No todos los días se despide a un hombre honesto.